Leo Borsi

Entrevista a Leo Borsi asesor técnico de Valtravieso

¿Quién es Leo Borsi?

Nací en la provincia argentina de Mendoza, la región vitivinícola que concentra el 80% de la producción de vinos del país. Tras estudiar en un liceo vitícola, inmerso en la viticultura francesa, pasé una década en La Borgoña. Los siguientes 10 años me los pasé dando vueltas por el Ródano y trabajando en Châteauneuf-du-Pape, tratando de desvelar lo que esos vinos nos querían contar. Más tarde, comencé mi propia aventura: abrí mi propia asesoría y consultoría de vinos. Cada paso que he dado en el mundo del vino ha sido con el objetivo de querer entender cómo se piensan y cómo se hacen los vinos que traspasan las vidas, el tiempo y las generaciones.

¿Cómo fue el aprendizaje, la evolución?

Mi etapa en Borgoña me sirvió para darme cuenta de que entender una cultura y su forma de hacer las cosas es cuestión de ser y pertenecer a un lugar. Me di cuenta de que hay muchos aspectos que entran en juego en la producción de los vinos: el suelo, el clima, el material vegetal… Pero también otros más intangibles: el sentir de la gente, la historia, el pensamiento, lo que los antepasados hicieron y hasta los errores que cometieron. Todo ello te acaba hablando del terroir y de su historia.

¿Cómo llegaste al vino?

Como muchos argentinos, pertenezco a una familia de inmigrantes italianos, procedentes del sur de Italia. Cuando llegaron a Argentina crearon su propia finca para elaborar su propio vino, en mi familia siempre se ha hecho vino, de producción local. Cuando empecé a estudiar descubrí otra forma de hacer vino, en grandes depósitos de acero inoxidable y con tecnología y esto cambió temporalmente mi visión de cómo se pueden hacer las cosas. En Borgoña, en cambio, vi que los vinos más conocidos, más caros y codiciados eran precisamente los vinos hechos manualmente, que con el paso de los años se habían tecnificado, pero seguían elaborándose a pequeña escala. Ahí es cuando entiendo que el secreto no está sólo en la tecnología o en la receta.

¿Y cómo se cruzó Valtravieso en tu camino?

Yo ya conocía Valtravieso: en 2005 había visitado la bodega y había probado sus vinos. Tenía un recuerdo interesante, pero en ese momento su equipo técnico buscaba vinos concentrados, potentes, con bastante madera pero que quizá no eran el resultado del carácter del terroir de Valtravieso. Posteriormente hubo un cambio en la dirección técnica y poco después aterricé yo como asesor.

Juntos nos centramos en entender e interpretar el terroir del páramo para poder elaborar vinos diferentes que expresen otra manera de hacer las cosas en Ribera del Duero.
Así es como comenzamos a virar hacia un estilo más fresco, más frutal, más aromático, con cierta mineralidad y fineza, pero no potencia.

¿Cómo fue esa tarea de introspección tan compleja?

Fue necesario volver a las raíces, a la tierra. Lo primero que hicimos fue informarnos sobre dónde está Valtravieso: sobre qué suelo (analizándolo mediante la realización de hoyos en diferentes zonas de los viñedos), observando cómo los viñedos de diferentes lugares reaccionaban a esos tipos de suelo y cuál era la viticultura que nosotros teníamos que manejar para que la parcela se sintiera más cómoda y entregara la mejor calidad de uva acorde a ese tipo de suelo. Para ello, fuimos segmentando las diferentes parcelas, hicimos una descomposición y ahora estamos tratando de componer.

Hemos tardado varios años en entender cada parcela.

¿Qué le falta a la Ribera del Duero?

Solo (hace) falta que los habitantes de esta zona quieran demostrarle al mundo por qué la Ribera del Duero es especial. Y no tiene por qué parecerse a Rioja ni a Burdeos. Somos Ribera y tenemos nuestra propia identidad y afianzarla, a pesar de la presión del mercado y de la competencia, que no es fácil.

¿Qué puede aportar Valtravieso a este proceso?

Estamos en una tendencia hacia la producción de vinos más finos, frescos, con más carga de fruta y en algunos casos destacando su mineralidad: ahí es donde los páramos como el de Valtravieso pueden jugar un papel importante. El 70-80% de lo que se está haciendo en esta ribera, más cerca o más lejos del Duero, son vinos redondos más o menos pesados por su realidad geológica, pero que están empezando a perder belleza porque se los han ido comiendo los segmentos inferiores por precio. Pero el consumo está cayendo y necesitamos aportar claridad y facilidad para beber los vinos

¿Cuáles son los grandes desafíos de Valtravieso?

Ahora que ya entendemos nuestros suelos, queremos diferenciarnos por crear vinos que respiren nuestra identidad, que intercambien un mensaje con el consumidor para que éste entienda por qué saben así o por qué tienen ese aroma.

El gran reto del futuro es poder volver a los orígenes y elaborar un vino que sea la pura expresión del lugar. Tenemos que trabajar con cultura, no con números, para encontrar nuestro valor añadido.

El problema que tenemos es que la tecnología viene invadiéndonos y se olvida el mensaje: ese que te podía transmitir el viticultor que estuvo 60 años observando la viña.

Debemos mantener una política de protección del ecosistema. Y ese es nuestro segundo desafío, trabajar una viticultura orgánica que nos permita estar conectados al 100% con la tierra, la planta y el cielo. Queremos ir hacia una integración completa.