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Los ritos de Ross Capítulo 1: Una moneda de cinco centavos (Continuación del relato «El Paseo de Elena»)

Desde aquel viaje a Madrid de hace un par de años, estas son algunas de las manías de Ross cada vez que vuela a una ciudad: elegir un asiento en el pasillo del avión, buscar restaurantes con nombres cortos, preferir las habitaciones con número impar, subir por el ascensor y bajar por las escaleras, coger los taxis fuera de sus paradas o buscar un lugar en el que tomarse un vino el primer día. No es consciente de todas ellas, pero las conserva para tratar de repetir la suerte que tuvo entonces en Madrid. Su carrera profesional cambió tras esos días en los que pasó de verse fuera de los equipos de desarrollo a empezar a liderar varios proyectos.

Otro de esos ritos que hace al bajar del taxi que lo ha llevado hasta el hotel de Austin, que está junto a la oficina principal de la empresa, es guardarse la primera moneda que le entregan con el cambio: una de cinco centavos. La deja en el bolsillo de la mochila en la que lleva el ordenador. El resto se lo mete en el bolsillo.

Esta vez se trata de una importante reunión de dos días a la que acude como product manager. Va a presentar al equipo comercial las características de un producto en el que lleva trabajando un año con expertos de distintas partes del mundo. El objetivo es saber si el producto está lo suficientemente desarrollado como para presentárselo a los primeros clientes. Si lo lanzan pronto puede que no pase las pruebas de control y si lo demoran están ofreciéndole a la competencia la posibilidad de adelantarse.

Como es bastante probable que a la última jornada acuda el CEO, esta vez sus pequeños ritos no le han parecido suficientes y dos días antes de coger el avión ha tratado de encontrar una botella de Valtravieso como la que tomó entonces con aquella camarera que poco después comenzó a trabajar precisamente en esa bodega. ¿Cómo no había pensado antes en ello, él, que estaba acostumbrado a trabajar con plazos? Buscó el teléfono de la bodega y trató de ponerse en contacto con alguien que pudiera ayudarlo.

-La persona encargada de las exportaciones no está esta semana en la empresa. Si quiere, puede mandarla un mail.

No había tiempo para correos, así que preguntó directamente por aquella chica que conoció en Madrid.

-¿Puedo hablar con Elena?. ¿Sigue trabajando ahí?

-¿Elena?. Elena es la encargada de las exportaciones.

Se rindió y tomó nota del mail directamente en el programa de correo. Al colgar se dio cuenta de que no sabía cómo empezar. No podía ser tan complicado. Como product manager había mandado decenas de mails cada día a miembros de un equipo heterogéneo con personalidades difíciles de tratar. Esos geeks de los que él tanto sabía porque era uno de ellos. Y en ese tiempo ninguno se había quejado, así que no se le debería dar mal lo de comunicarse por escrito. Pero este mail era diferente. ¿Se acordaría de él? ¿Era necesario que se presentara y resumiera aquel paseo nocturno por Madrid? ¿Guardaría algunas de las fotos que hizo en su móvil?

Decidió arriesgarse y presentarse con unas pocas frases. Se impuso un orgullo práctico. Si ya no recordaba nada de esos días, cada palabra que escribiera de más sería una piedra sobre su propio orgullo. Fue conciso y terminó dándole la dirección del hotel en el que iba a alojarse.

Al cerrar la cremallera después de guardar la moneda consulta el correo en el móvil. Hasta entonces no había recibido ninguna respuesta. El taxista, un hombre de rasgos latinos, lo mira por el espejo. ¿Por qué hay que ser fiel a esas manías que desde fuera no tienen ningún sentido? Por esto: en ese momento llegó el primer mail de Elena. Claro que se acordaba, claro que le podía mandar la botella, que había salido ya en un envío especial, que perdón por no contestar antes, pero había estado de reuniones en Uruguay, que esperaba que tuviera un buen viaje.

Levanta la vista y puede imaginarse su cara al ver el gesto risueño del taxista en el espejo.