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Los ritos de Ross Capítulo 2: La copa de vino

Hay un segundo rito que Ross esta vez no cumple: el de tomarse un vino el primer día que llega a una ciudad. Piensa que con la moneda que ha guardado ya ha cumplido con el día. Ahí está el mail de Elena como prueba de que todo va a ir bien.

Deja la maleta encima de la cama. En la pared ve una fotografía de un hombre asomándose a una ventana. Se acerca para ver la firma. Bruce Davidson. Si no fuera tan tarde y no notara en el cuello las horas de vuelo y la tensión por la reunión de mañana, saldría a dar una vuelta por la manzana. La acumulación de detalles de la fotografía lo convence de que es mejor quedarse en la habitación. Va al baño, le quita el plástico al vaso y se toma una pastilla para el dolor de cabeza. Hay gente que odia la vida de hotel, pero él agradece esa impersonalidad porque a veces viene bien que nada alrededor te recuerde quién eres. Aparta la maleta de la cama, se tumba encima y se queda dormido antes de ponerse el pijama.

Se levanta con la cabeza cargada. Los ojos le pican. Debería haber cerrado la ventana antes de acostarse. Debería haber sacado la ropa de la maleta. Debería haberse puesto el pijama. Agradece que la fotografía de Bruce Davidson siga ahí. Esta vez el mensaje es: para lograr captar la belleza, basta con la perspectiva adecuada y el momento preciso. Se ducha y empieza a repasar mentalmente toda la exposición. Sabe cuáles van a ser las preguntas. También ensaya las respuestas.

Es la primera vez que está en las oficinas principales y su tamaño lo impresiona. Se nota el poder de la empresa en la gran cantidad de espacio común del edificio. Todos los puestos tienen dos pantallas. Se percibe un olor a café recién molido. La gente a la que saluda comparte el optimismo que nace de unas buenas cifras de ventas. La sala en la que va a exponer es amplia, con un pequeño cuenco en la mesa con bombones de diferentes colores. Apenas termina de comprobar que el proyector funciona, entran las cuatro personas que estaban convocadas. Aunque el entorno no le sea conocido, la seguridad que le da el tema a exponer le tranquiliza. Solo tiene que imponerse a ese picor de ojos y a la congestión de la nariz.

La jornada es agotadora. En dos días tienen que decidir si salen al mercado con lo que ya tienen y las consecuencias de cualquier decisión que tomen van a tener implicaciones para muchas personas, como un árbol duplicando el tamaño de sus raíces. Afortunadamente él solo responde de la parte técnica y en esa se defiende bien, aunque llega al final de la agotadora tensión con el deseo de irse al hotel, tumbarse y cerrar los ojos.

Al salir de la sala de reuniones se apoya un momento en la pared. Una mujer se acerca a preguntarle si se siente bien. Ross le explica los síntomas y ella sonríe. Cedar trees, dice, esta es una mala época para visitar Austin por la alergia que los cedros provocan en muchas personas. Las cuatro personas que han estado con él le recomiendan que descanse. Tenían previsto salir a cenar por la zona de moda de Austin, pero visto cómo está, disculpan su ausencia.

Cedar trees. Se dice. La misma chica le ha pasado unas pastillas que le ha dado un compañero. También tiene que ser común esa alergia en la empresa. Se las mete en el bolsillo y se marcha al hotel. Lo aconsejable sería meterse en la cama y descansar, pero teme que esto haya sido por no haber cumplido uno de los rituales. Esta vez no busca excusas para demorarlo y se acerca al mostrador para que le recomienden algún sitio en el que tomarse un buen vino.

Joanne, la chica que lo atiende, tiene su nombre escrito en una ovalada placa dorada. Despliega un mapa de papel y marca un círculo. Aquí estamos. Y dibuja tres cruces de sitios que ella recomienda. Como no se ve capaz de visitar más de uno, Ross le pide que elija el que más le guste. Se lo piensa. Repasa varias veces con el bolígrafo una de las cruces. Aunque tiene más ambiente de tienda le dice.

Estudia el mapa y se lo guarda. No le resulta complicado orientarse. Con una consulta al móvil se habría ahorrado este paso, pero uno no puede decir que ha estado en una ciudad si no lleva su plano en un bolsillo. Solo tiene que mirarlo una vez para dar con la tienda. Por la ventana ve una pared cubierta de botellas de vino. No hay que pensárselo mucho.

El sitio es luminoso. De las cuatro mesas altas solo una está ocupada por una pareja. En las paredes, las botellas reposan sobre unas baldas inclinadas para que se vean bien sus etiquetas. En determinados puntos ve nombres de distintos países. Al fondo hay un mostrador desde el que un hombre con barba y de unos cien kilos lo mira con los brazos cruzados. Cuando se acerca a él, abre los brazos como diciéndole: todo lo que ves está a tu disposición.

-¿Tenéis vinos españoles?

El hombre señala hacia la zona baja que tiene a su derecha. Ve la palabra España en una etiqueta y se agacha a mirar. Es una oferta variada pero escasa. No ve ninguna botella de Valtravieso. Habría sido un golpe de suerte similar al de la moneda y el mail del día anterior. Su decepción debe ser evidente porque el hombre de la barba, con una voz grave, le propone vinos de distintas partes del mundo.

Ross se acerca a la barra. Podría decirle que no y marcharse sin darle ninguna explicación, pero siente que, aunque no sepa por qué, debe contarle la historia. Le va a costar bastante porque la nariz se le va cargando cada vez más y empieza sentir un vago dolor en la frente extendiéndose como la sombra de unas nubes densas.

-Tiene que ser de esa bodega – le dice – por algo que sucedió hace unos tres años.

La cara del dependiente cambia, como si acabara de descubrir que hubieran nacido en el mismo sitio. Se agacha y saca del mostrador dos copas limpias con las que le hace un gesto para que coja una de las sillas libres y se acerque con ella. Coloca una copa. Después la otra. Se vuelve hacia las botellas que tiene a su espalda y se toma unos segundos antes de girarse con la elegida. Mientras abre la botella, señala a un recipiente alto de cristal que está sobre la barra y que no había visto. Está lleno de corchos.

-Cada uno tiene una historia – le dice. Abre la botella y sirve la copa.

Hacen un brindis en silencio. Prueba el vino y le gusta. Entonces comienza a hablar. Recorre toda la historia de principio a fin, con cuidado, como un gato que cruzara la repisa de una casa. La pareja se marcha y ellos se quedan solos, bebiendo. El dueño no hace preguntas. Asiente, bebe, se pasa la mano lentamente por la barca. Ross se sorprende de la cantidad de detalles que recuerda de esos días en Madrid, de ese paseo nocturno, de la botella que compartieron al final, de las fotografías que tiempo después, al regresar y no encontrarla ya, hizo de los sitios por los que habían pasado.

 

 

Solo se calla cuando llega al final de la historia. El gato se mete en la sombra y desaparece. Ninguno de los dos dice nada. El hombre de la barba saca una hoja y le pide que escriba el nombre de la botella.

  • Val-tra-vie-so – lee con cuidado.

Dobla la hoja y se la guarda en el bolsillo de la camisa que lleva. Otro mapa, piensa Ross. Las nubes se han extendido más por su cabeza. Debería haberse tomado las pastillas antes. Eso hubiera sido lo más sensato, pero tenía que cumplir con este rito. Y viendo lo poco que queda en la botella, puede decir que ha cumplido. Se echa mano a la cartera para pagar, pero el hombre de la camisa negra levanta la mano derecha y niega.

-Aquí se paga con dinero o con historias. Si la historia es mala, se paga el doble de dinero. Pero la tuya era buena. Era buena.

Se dan la mano. Cuatro amigos entran en el local y le parece el momento perfecto para marcharse, como si se dieran el relevo. Ya en la calle trata de orientarse. Se siente débil. Estaría justificado consultar la ruta hacia el hotel en el móvil, pero algunas hazañas están reñidas con la tecnología. Debe ser esa calle y, después, la que sale dos calles más allá, a la derecha.