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Los ritos de Ross Capítulo 4: El corcho firmado

El local está abarrotado. Ross ve a la gente moverse sujetando las cervezas con los brazos levantados. Él está en un lateral con gente de la oficina que no le han presentado. En el escenario, pequeño y escasamente iluminado, un grupo toca con energía temas que él no conoce pero que muchos corean. Nota la garganta seca y cómo, lentamente, después de unas horas de tregua, regresa el dolor de cabeza. Si se sintiera mejor disfrutaría de la cerveza, de la alegría que los bailes transmiten, del ritmo del bajo que siente golpearle el pecho. Bum, bum, bum.

Se disculpa y se aleja del grupo en el que está. Busca con la vista al CEO, al que hace unos minutos ha visto. Lo ve junto a la barra. Intenta acercarse para despedirse, pero la gente que lo rodea se lo impide. Como si se hubiera dado cuenta, el CEO levanta la vista y lo ve. Entonces Ross se señala la garganta y después la puerta. En ese momento la mujer que está junto al CEO se gira. Es la que le dio las pastillas: al reconocerlo le murmura algo al oído al CEO, que, sonriendo, asiente y levanta la cerveza. Se marcha cuando el grupo empieza con una versión del “Juke Box Hero”, de Foreigner.

Su vuelo sale al día siguiente a las dos de la tarde. Solo va a tener tiempo de pasarse por la oficina y despedirse. No hay duda de que le vendría bien regresar al hotel y preparar la maleta con cuidado. No se le da nada bien y si lo hace con prisas acabará guardando la ropa de cualquier manera. Antes, podría darse un buen baño, pedir algo de cenar y celebrar así una reunión que ha ido mejor de lo que esperaba.

Y eso es lo que decide. Coge un taxi para el hotel y cuando, ya en su habitación, ve la botella que ha recibido esa mañana la coge y cambia de planes. Pide un nuevo taxi y le da la dirección de la tienda de vinos. Siente que la historia que le contó ayer se ha quedado incompleta después de lo que ha pasado esa mañana. Hay un epílogo que quiere compartir. O, tal vez, todo lo que ha sucedido antes solo haya sido un prólogo.

Ya en el taxi consulta la hora y teme que el local esté cerrado. No sabe si ya será tarde. El taxi enfila por la calle en la que se encuentra y al principio tiene la impresión de que de la tienda no sale ninguna luz. Está a punto de decirle al taxista que vuelva cuando ve que por una de las ventanas sale un brillo suave. Se lo señala al taxista como si acabara de descubrir una nueva tierra. Le deja una buena propina y sale con una botella.

Sí, no hay duda, dentro de la tienda hay alguien. Ve al dueño con su camiseta negra de mangas cortas hablando con una mujer que se encuentra de espaldas. Por un momento duda. Tal vez sea una cita. Lo ve sonreír y aplaudir, como si estuvieran compartiendo un momento íntimo. Piensa en darse la vuelta, pero al girarse descubre que el taxi en el que ha venido ya no está y que hay muy poco tráfico. Tal vez pueda llamar a la puerta solo para despedirse. Ya que está ahí, ¿qué puede perder? Se acerca a la entrada y golpea en el cristal. El hombre de la camiseta negra se inclina hacia un lado y levanta el pulgar de su mano derecha. No sabe cómo interpretar ese gesto. Ve cómo sale del mostrador y camina hacia él con una amplia sonrisa. Abre la puerta y lo invita a pasar empujándole suavemente por el hombro.

La mujer está de espaldas, pero al escuchar los pasos que se acercan se vuelve. Han pasado tres años pero Ross sabe quién es. Lo intuyó al verla de espaldas, pero como no encontró ninguna razón que acompañara esa sospecha la eliminó. Pero lo sabía, claro que lo sabía. Y ella tampoco duda: esa sonrisa no deja bien claro. Se queda inmóvil cuando está junto a ella.

– Hola, Elena.

– Hola, Ross.

Es ella la que se acerca y le da dos besos. No hay duda de que es ella, pero la nota más madura, más profesional. Se ve que está aprovechando bien todas las experiencias que está teniendo. Alrededor de la mujer que conoció descubre ahora a otra más consistente. Él, en ese momento, teme no haber crecido y seguir siendo el mismo.

El dueño de la tienda saca una copa más y la coloca junto a las dos que están ya en el mostrador. A un lado hay una botella de Valtravieso que parece abierta desde hace poco tiempo. Elena se da cuenta de que él la mira.

– Ayer estaba a unos doscientos kilómetros, preparando una gira con posibles distribuidores por el sur de estados Unidos cuando recibí un mail de alguien en Austin especialmente interesado en nuestros vinos.

El dueño sirve la copa que acaba de sacar. Sonríe.

– Un mail muy persuasivo. Me pareció una curiosa coincidencia que fuera exactamente de la ciudad a la que acababa de mandar una botella.

Cada uno coge su copa y brindan.

– ¿Y la visita es solo comercial? – pregunta Ross. Es una pregunta mal formulada y, seguramente, realizada en el peor momento, pero es lo único que se le ocurre.

Elena mira su copa.

– No creo que el pedido que pueda hacer esta tienda justifique un billete de ida y vuelta sacado con tan poca antelación. Pero tendré que convencer a alguien en la bodega.

Durante unos segundos todos se quedan en silencio. El dueño entonces le cuenta a Elena lo del cuenco de corchos que tiene, cada uno con su historia. Lo saca de debajo del mostrador y le pide que meta la mano y seleccione uno. El tipo de la camiseta negra lo estudia un par de segundos y lo deja de pie en el mostrador.

– Esta es de una botella que abrí con unos amigos que hice después de un concierto de Pearl Jam.

A continuación, es él el que saca otro corcho con una historia que les cuenta. Elena elige otro. Se van alternando mientras se terminan la botella. Han estado hablando de varios temas, coincidencias, anécdotas relacionadas con el vino. Los tres tienen la impresión de que el vino que quedaba marcaba el tiempo que esa reunión podía durar. Con la botella vacía vuelve el silencio.

El hombre de la camiseta negra coge el corcho de esa botella de Valtravieso y después de poner la fecha en él, les pide a los dos que lo firmen. Primero lo hace Elena. A continuación, Ross.

– Perfecto – dice el dueño metiendo el corcho en el cuenco de cristal.

Elena entonces abre el bolso y saca de él una tarjeta que le tiende al dueño.

– Seguimos en contacto – le dice.

Los tres caminan hacia la puerta y ahí se despiden. El dueño, con la copa en la mano, se queda en la calle, viéndolos alejarse.

No hay mucho tráfico. Elena consulta su móvil y teclea algo en él.

– En unos minutos vendrá un taxi. Podemos compartirlo.

Así que ahí están de nuevo los dos, caminando de noche por una ciudad. Esta vez él lleva la botella. Elena debe pensar lo mismo porque no dice nada. Caminan en silencio hasta que el coche que ha pedido Elena llega. Ross le abre la puerta para que Elena entre y él sube después.

Quiere añadir algo más, pero ahora no da con las palabras apropiadas. Tiene que ser algo rápido, antes de que ella le diga dónde quiere que la lleve el coche. ¿Cómo decirlo? Tal vez sea mejor permanecer callado para no estropearlo y continuar en otro momento, en otro sitio. Han pasado tres años para coincidir. ¿Puede esperar otros tres?

Pero ya es tarde. Elena se acerca hacia el taxista y le dice la dirección.

Y Ross se recuesta en el asiento. La dirección que ha dado es la del hotel en el que él también está. Muchos años después recordará ese silencio cargado de mensajes en el que hicieron el resto del trayecto.