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El Paseo de Elena. Capítulo III. «El Paseo de Elena»

 

III El paseo de Elena

El vuelo de regreso fue tranquilo. El sol brillaba con fuerza encima de unas nubes que a Ross le parecieron la imagen perfecta de esa sensación que le había dejado la velada con Elena, ocultándole la realidad y permitiéndole vivir en un escenario en el que apenas necesitaba nada.

A lo largo de los siguientes días se acordó de algunas escenas de ese recorrido nocturno por Madrid. Eran imágenes que no tenían sentido, pero si fuerza. Unas escaleras. La pintada en una pared. La forma en la que se había quedado doblada una servilleta en una mesa. Era como puntos a los que su memoria se hubiera agarrado en el lento ascenso de aquella noche.

¿Pero ascenso a qué?. A esa extraña intimidad en la que hablaron de todo porque no les unía nada. ¿Era la de la escalada una buena imagen?. Solía preguntárselo cada vez que llegaba a sus manos algún documento del proyecto en el que hacía mención a aquella reunión de trabajo de Madrid. Lo que podía haber sido un proyecto tedioso se había convertido, gracias a Elena, en un trabajo que se presentaba con la seducción del reto.

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Fue en el último local antes de separarse, cuando Elena le ofreció una forma de seguir en contacto. Acababan de servirles dos copas de vino y ella le hizo una fotografía a la etiqueta. Le dijo que era para una cuenta de twitter en la que colgaba las que más le gustaban. Le enseñó las que ya tenía y a él no le pareció mal pedirle los datos para seguirla. Como él no fue capaz de escribirla bien en su móvil, ella, muerta de risa, se la escribió en la muñeca con un bolígrafo que fue a pedir en la barra.

El seguía la cuenta. Como Elena continuaba trabajando en el hotel, subía fotos de las botellas que debían recibir bien para incluir en la carta o para probar. Algunas veces él se animaba y las comentaba. Eran frases que no pretendían retomar la intimidad de aquella noche por Madrid, solo valoraciones y mensajes de ánimo para que siguiera con aquella colección.

¿Se habría olvidado Elena ya de aquella noche? ¿Había supuesto lo mismo que para él? Desde aquella conversación, Ross había empezado a verse sin rodeos, sin justificaciones. Ahora se estaba dando cuenta de cómo continuamente buscaba excusas para juzgarse a sí mismo de forma amable, cargando la culpa en los demás de una forma difusa pero eficiente. Todo eso estaba empezando a perder sentido. No es que lo que veía ahora de sí mismo le gustara, pero podía decirse: esto soy yo. Y trás de ese reconocimiento, como la lata atada a un coche, venía siempre una cierta euforia.

¿Y ella? ¿Habría seguido dándole vueltas a su sueño de cambiar de vida y dedicarse de lleno al mundo del vino? ¿Era posible que mientras hacía esas fotografías estuviera diseñando ya un plan para su futuro? Las preguntas surgían cada vez que se encontraba con la palabra Madrid en un informe, veía una botella de vino en el supermercado o en twitter se encontraba con una nueva etiqueta.

Y, un día, el estilo de las fotos cambió totalmente. Al principio pensó que era una serie sin sentido, pero a las pocas fotografías empezó a reconocer que se trataban de algunos de los sitios por los que habían pasado aquella noche. No tenían glamour ni pretendían ser buenas, solo ser un testimonio de que ese paseo no había desaparecido, que, de alguna forma, pervivía porque para alguien era importante.

Ross estuvo enganchado a esa serie obsesivamente. Elena parecía disfrutar subiendo las fotografías sin ningún ritmo. Un día no añadía ninguno y al siguiente se sumaban tres de golpe en la serie. Sí, algunos escenarios los reconocía. Lo que no sabía era por qué en todos aparecía la misma botella de vino. Podía habérselo preguntado, pero ésa no era una comunicación en los dos sentidos. Las reglas eran que ella fotografiaría y que él miraría. A veces, cuando él estaba durmiendo, él móvil se iluminaba al recibir otra fotografía.

La serie duró dos semanas. Después hubo un silencio de tres días. Al cuarto, la fotografía era la de la entrada a la bodega de la botella que había estado apareciendo. El, entonces, le mandó un mensaje. Enhorabuena y suerte. Fue a añadir algo más, pero lo borró.

Fin capítulo III. 


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